En esta sección iremos recopilando los mejores textos de Sofía, nuestra compañera de foro y tertuliana. Con el tiempo los iremos ampliando.

Cuentos del Molino de Papel

En cierto paraje del Valle del Tiétar, en las estribaciones de la Sierra de Gredos, existe un lugar que fue tiempo atrás tierra de molinos de papel. A lo largo del "río de los molinos" como se conoce por allí la Garganta de Santa María, se ubicaban cuatro de ellos, que terminaron en poder de los frailes del Monasterio del Escorial, y proveían a la Casa Real. Hoy solo quedan los restos de piedra, y una extraña casa, entre ellos, que aparece y desaparece a voluntad de su ocupante, sin que nadie sepa de su historia o su nombre.

Puedes andar por la ladera, entre los pinares, y dar de pronto con sus muros de piedra y su portón de madera, o buscarla todo el día sin conseguir dar con la cancela que valla el acceso. Todo depende, en realidad, de lo que andes buscando.

La primera vez que la encontré llovía. No iba buscando refugio. Me complacía la lluvia empapándome; una ducha gigantesca capaz de arrastrar todas las angustias que llevaba a cuestas.

Apareció en la puerta una mujer menuda, con el cabello blanco revoloteándole alrededor de la cabeza como una nube de uso privado. Llevaba un enorme paraguas rojo y un impermeable de plástico azul con flores también rojas. Cuando me invitó a pasar y secarme estuve tentada de rehúsar cortesmente, pero mis pies parecieron obrar por cuenta propia y cruzaron el umbral antes de que pudiera reaccionar.

Inexplicablemente, la casa era mucho más amplia en su interior de lo que parecía desde fuera. En el hogar de piedra lucía un fuego brillante, y un trébede cercano sostenía una marmita en la que humeaba un guiso. Sin saber cómo, me encontré envuelta en una toalla blanca y esponjosa, con un reconfortante tazón de hierbas entre las manos, mientras mi ropa reposaba en una hilera ordenada frente al fuego, secándose.

- Muchas gracias -conseguí murmurar.

- ¡Oh! Vaya... de nada, mujer. Lo necesitabas ¿no?. Pues no hay más que hablar.

Se había quitado el impermeable y trasteaba arriba y abajo de la sala, sacudiendo con suavidad las hojas de viejos libros encuadernados en cuero. Los ojillos, brillantes como los guijarros pulidos del fondo del río, me contemplaban entre divertidos y curiosos. Sus manos, blancas y pequeñas, no paraban quietas.

- Mantente siempre ocupada -me espetó- es importante.

Mientras bebía las hierbas, paseé la mirada por el cuarto. Centenares de papeles, grandes y pequeños, blancos y de colorines, aparecían colgados por todas partes: vitrinas, lámparas, espejos, enredados en ristras desde los techos, en los visillos. Los observé con curiosidad. Oscilaban, como movidos por una brisa inexistente, como cientos de alas de mariposas revoloteando por la habitación.

- Son tus cuentos. -me indicó la mujer, sobresaltándome.

- ¿Qué? ¿Cómo dice?

- Digo que son tus cuentos, tus poemas, tus historias. -repitió, y chasqueó ligeramente la lengua al ver mi cara de asombro.

- ¡Oh! ¡Vamos! ¡No te quedes mirando con esa cara de boba...!

- Es que yo... yo no escribo ¿sabe?. Además, ¿como van a ser mis cuentos? Están aquí. En todo caso, serán suyos...

- Vaya. Que lista eres. Se nota que estás llena de prejuicios ¿eh?. Por supuesto que son tus cuentos. Eso es lo que venías buscando. Si no fuera así, no estarían ahí. Y debo añadir que me has puesto la casa perdida de papeles. Tendrás que hacer algo con ellos, mejor pronto que tarde. Aquí viene mucha gente buscando sus razones y su camino, y no es plan que tus cuentos anden revoloteando por toda la casa mientras las encuentran. Así que será mejor que te seques bien de tanta lluvia, te calientes las tripas y empieces con tu tarea.

No voy a negar que me costó trabajo reaccionar. Tendí la mano hacia uno de los papeles, uno pequeñito, prendido de una lámpara de sobremesa. Era un poemilla absurdo, gracioso como un duende, que se escabulló de mis dedos y salió volando hacia el techo.

- Veo que eres un rato desordenada. En fin, sea como sea, empieza de una vez. No hace falta que te los lleves todos hoy, ya irás viniendo a recogerlos poco a poco... intenta empezar por los más viejos, se están deshilachando por los bordes. Vamos, unos cuantos hoy, otros pocos dentro de unos días. Y vístete, o pillarás una pulmonía.

Todavía no sé cómo, pero me encontré vestida y en la cancela en un decir amén, sosteniendo en mis manos un puñado de papeles y el paraguas rojo. Pero ya no llovía. Un tímido sol comenzaba a asomar entre las copas de los árboles, haciendo brillar los charcos que salpicaban el camino embarrado.

Cuando me dí la vuelta para despedirme, ni la casa ni su propietaria estaban allí.

Tengo los cuentos.


La joya escondida de Medinat Al Zahara

Mi nombre es Fatma. Ibrahim al Faqad, mi señor, me llama la Joya Escondida de Medinat Al Zahara.

Mi señor me ha mandado llamar a su presencia. En la calidez de la noche descansa de su larga jornada, arropado por el aroma del jardín y la melodía que llega desde el otro lado de la celosía, donde los músicos tocan para él, sin ver ni ser vistos.

Me aproximo, envuelta bajo la tela del haïk, largo, blanco y pesado, que me oculta bajo sus múltiples pliegues. Tan sólo mi mano, dibujada de henna, asoma tras la tela suspendida frente a mi rostro y mi cuerpo. Pero a mi señor le llega el campanilleo de mis ajorcas, y el susurrar de la seda que acaricia mi piel. Entre su cuerpo y el mío se extiende un camino de agua, bordeado por una hilera de antorchas, que lo hacen semejar lava ardiente, derramándose desde el surtidor hacia el cáliz del estanque, que le espera más abajo.

Bajo su mirada atenta comienzo mi danza, lenta, cimbreante, y el aire que nos separa comienza a ondular, desde las puntas de mis dedos hasta su piel. Los cueros de los atabales y los címbalos cantan al unísono de mi sangre, y mis caderas los acompañan con el tintineo de los cascabeles de plata que adornan mi falda bordada. Dejo caer el haïk, hasta el suelo, para presentarme a sus ojos que brillan oscuros, encendidos como brasas, mientras su boca aprisiona la dulzura de un dátil entre sus fuertes dientes. La sombra de mis brazos dibuja caricias sobre su piel, allí donde luego irán a posarse mis labios, serpenteantes como los laberintos de henna que me visten. Las aletas de su nariz tiemblan cuando le alcanza el aroma del aceite perfumado que hace brillar levemente mi piel, mezclado con el olor a tierra del jardín y el humo del narguile. Me desea, sus ojos me lo cuentan. Me lo cuentan sus dedos, mientras abre una granada madura, que lleva a la boca y de la que su lengua va desgranando las rojas semillas. ¡Ah! Mí señor... me enciende con sus palabras sin sonido. Arriba, tras la celosía, los músicos imprimen también un ritmo más acelerado a la canción, y así, envuelto entre los sonidos vibrantes y la mirada de mi señor Ibrahim, todo mi cuerpo empieza a girar en espirales que evocan nuestra unión, mientras él permanece quieto, abrazándome con su deseo.En la oscuridad, iluminada por la luz de las antorchas, yo también me transformo en una antorcha viva, la voz del gambri se apodera de mí y

despierta con las notas de sus cuerdas las cuerdas de mi sexo, me arquea y se filtra por mi sangre, recorriéndome desde las plantas de los pies al cabello y levantándome en el aire caliente de la noche. Puedo oír el gemido de mi señor, Ibrahim, que se adelanta, dejando caer narguile y frutas, para alzarme en sus brazos y transportarme en ellos más allá del ryad, convirtiéndome en la tierra que recibe las antorchas, en la granada que ofrece sus semillas, en los dátiles que se rompen bajo sus dientes, para derramarse en mí, como el surtidor en el estanque, y bailar conmigo una danza de ríos de fuego que nos consuman ambos hasta el amanecer.

Yo soy Fatma, la Joya Escondida del jardín de Ibrahim al Faqda, en Medinat Al Zahara, y mi señor me ama.


Adiós, muchacho...

Hace ya una semana que murió. Las mentes preclaras de siempre dicen que la suya era una muerte anunciada, y se quedan tan frescos. Como si no estuviera anunciada la muerte de todos. Pero si él levantase la cabeza les diría, con ese sarcasmo tan suyo, aquello de: "hay que ver las tonterías que dice la radio por la mañana..."

Se ha muerto un martes por la tarde. Y me ha quedado un cargo en la conciencia, el de haberle tenido olvidado los últimos cinco años. Eso, me repito cansina desde hace siete días, no se hace con los amigos.

Porque era amigo mío, contra todo pronóstico, viento y marea. Empezó hace trece años, cuando me contrataron para trabajar en la empresa donde él llevaba ya un tiempo dejándose las pestañas. Aterricé un dos de febrero, y el veintitrés me encontré con un fulano que invitaba a desayunar con una caja entera de churros y porras, recién traídos del obrador, para "celebrar". A mí lo de "celebrar" un 23-F me sonó a humor negro, y dado que el tipo tenía mala fama, se me disparó la ceja izquierda hasta niveles más allá de los habituales... y me encontré con una ceja tanto o más circunfleja que la mía. Hormas de zapatos. Supe que tenía que haber algo más cuando pesqué al vuelo una chispa en aquellos ojos oscuros: "¿Qué pasa, señorita Rottenmeier? ¿la nobleza no se codea con el proletariado?". Era pura provocación. Al "señor marqués" como le llamaba casi todo el mundo, del director general hasta el último aprendiz, le encantaba provocar.

- Signor C., los churros, y no le digo ya las porras, me provocan ardores y mis niveles de celulitis exigen excusas con fundamento. Así que, acláreme un punto ¿celebramos en su honor o en el del santo patrón de los churreros? Porque en el segundo caso rehusaré gustosamente en perjuicio de mis adiposidades.

- Celebramos mi cumpleaños, señorita Rottenmeier -aclaró con suavidad- si lo prefieres cambio porras por cañas. Y déjate de rollos que, entre las gafas, el traje y lo tiesa que vas, pareces una institutriz.

Cumplía treinta y dos, uno más de los que yo cumpliría -y que regaríamos de la misma forma- un par de meses después. A lo largo de los siguientes ocho años no nos saltamos ni uno. El último, que cerró un ciclo amable y dió paso al descalabro total, fue mi trigésimo noveno. Él acababa de cumplir los cuarenta.

Tratar con él era difícil. Protestaba por casi todo y no se mordía la lengua jamás. Detestaba a los fatuos, los pedantes, los aquejados de "titulitis", los necios... era un peculiar Cyrano, enfrentado a cien hombres sin piedad con la sola ayuda de su nariz. Casi todo el mundo encontraba algo que criticarle, pero pocos se paraban a observar sus virtudes. Generoso hasta la ruina, como pocos, no sólo en cuestiones económicas, sino también laborales, solidario. Si eras capaz de soportar sus gruñidos podías dar por hecha cualquier cosa que le pidieras, por fastidiosa que fuera. Y si te molestabas en hablar con la persona que existía bajo la coraza de cangrejo ermitaño, encontrabas un ser amable, que se desvivía por su familia -yo le conocí soltero y conviviendo con sus padres, aunque años después se casaría con aquella novia gordita, a quien quería sin locura y con firmeza porque, tal como explicaba, era "sencilla y sin doblez". Discutía conmigo de música y libros, cosa que yo consideraba un honor, porque ambas eran sus pasiones secretas. "Entre mi gente está mal visto" me decía, "allí toca hablar de fútbol, o del último culebrón". Zacato de pensamiento, palabra y obra, amén de funcional, le sacaban de quicio los sindicalistas de medio pelo cuyo único interés era blindar su puesto de trabajo y que se pringaban por cuatro prebendas bajo cuerda. Su visión del mundo era desesperanzada. Se había convencido de que la gente sólo buscaba medrar, como fuese y a costa de quien fuese, y acumulaba decepciones sobre el género humano como otros coleccionan cromos.

- Eres demasiado descuidada, señorita Rottenmeier -me dijo un día- te van a dar de hostias por todas partes.

- La coraza pesa mucho, signor C., y yo no tengo cuerpo para tanto -repliqué entonces.

- Si alguna vez necesitas ayuda, dímelo. Siempre habrá algo que yo pueda hacer para echarte una mano. Y por todos los demonios... ¡mira donde pisas!

Pero no fueron así las cosas.

Trabajaba en un despacho individual, permanentemente bajo una nube de humo, fumador empedernido como era de dos cajetillas de Winston o Malboro al día. Hosco, huraño e irascible. Sin titulación y sin conseguir que la empresa le proporcionase unos mínimos cursillos de formación -que se nos daban a todos los demás- controlaba a fuerza de voluntad y casi a pedales los temas de logística y ordenadores de aquella santa casa. Para llevar a cabo su misma tarea utilizamos ahora dos departamentos completos, cada uno con su jefecillo respectivo, que suman un total de siete tiñalpas para lo que a él le bastaba con genio y figura. Pero, cuando llegó la OPA hostil, suya fue la primera cabeza en la lista para guillotinar. En el sálvese quien pueda que vino después, cada uno se ocupó de su propio pellejo y los sindicatos hicieron su agosto con los de todos. Los que pudieron conseguir la indemnización por despido se aferraron a ella, y los que no tuvimos opción nos quedamos aparcados en la nueva empresa, poco menos que con el culo al aire: solos, fanés y descangayados...

Cada quien con sus propias guerras por librar, nos perdimos de vista en aquel naufragio. Yo nunca crucé Madrid para ir a verle a su casa, aquella que decía que era propiedad del banco con cargo a su bolsillo y compartía con su mujer y sus dos hijos. Él tampoco llamó, poco amigo de dar cuenta de la desgracia que se cebó en sus carnes durante los cinco años que vinieron después. El negocio que montó con el dinero de la indemnización se fue al garete, y la esquela blanquinegra de los paquetes de tabaco hizo diana: en febrero un cáncer de pulmón se invitó por todo el morro a zamparse los churros y el café de su cuadragésimo quinto cumpleaños y le dejó a cambio una cita en Samarkanda con una pava escuálida... ¡con lo que le gustaron siempre las gorditas!

Mientras él bailaba con la más fea, yo cenaba en su viejo Madrid, sin enterarme de nada. Cuando, la mañana del miércoles, me dieron la noticia y salimos para el Tanatorio Sur, seguía empecinada en no admitirlo. Pero al otro lado del cristal yacía un envase de cera, con aquél pelo negro, lustroso y repeinado que siempre le gustó llevar, y aquel afilado pico callado para siempre. Allí estaba su gordita, sencilla y sin doblez, pero rota por dentro y anestesiada por fuera. Allí estaba su familia, los que le hablaban y los que le habían tachado de la lista de personas gratas. Cuentan -me cuentan- que al ver aparecer a algunos miembros de su clan en la habitación del hospital le dijo al médico:

- Lo mío es de tanatorio, ¿verdad?... es que está viniendo a verme gente con la que no me hablo desde hace décadas.

Pero estuvieron todos. Menos él. Él ya no estaba. Y allí lo oí decir, a no sé quién ni rayos que me importa. "Estaba cantado que se iba a morir". Y pensé, para mis adentros: "Nos ha jodido mayo, signor C., las tonterías que dicen la radio y los joputas por la mañana... éste tiene que tener por lo menos un título de cantamañanas guardado en el fondo de su armario"

Signor C., mi querido Javier, querido hurón, ya sé que me he saltado durante cinco años nuestra doble cita para mojar las porras en café, pero no me anotes la falta y si, por una de esas casualidades, existiera ese lugar en el que ni tú ni yo creíamos, hazme un favor:

Guárdamelas calientes, y vete haciéndome sitio, que ya mismito vengo.


Despertares

Durante días, he estado moviéndome a cámara lenta, como en una improvisada imitación del universo ficticio de Matrix. La vida imitando al cine. El espejo reflejando, hasta el infinito, la mirada de otros espejos. La secuencia ralentizada convertía los gestos en una coreografía abstracta y las palabras en un murmullo incomprensible, vacío de sentido.

De repente, como si un parpadeo o, tal vez, una lágrima, hubiese arrastrado el trozo de hielo clavado en mi retina, todo ha recobrado su velocidad de crucero. Aterrizo fuera del limbo para descubrir, casi con sorpresa, que la vida ha seguido mientras yo permanecía dentro de la niebla: Los parterres están cuajados de flores: blancas, amarillas, rosáceas, una paleta multicolor. También lo están los arbustos. Los pájaros organizan la algarabía propia de los nuevos inquilinos mientras preparan los nidos para sus próximos cortejos y emparejamientos. Los muñones talados de los árboles están brotando de nuevo, yemas verdes y hojas tiernas por doquier. La lluvia cae a raudales empapándolo todo, lavando las cristaleras con chorros de agua a presión y arrastrando restos de basura y tierra hacia los colectores... hacia el mar, ese mar de donde surge la vida, y donde todo va a parar, tarde o temprano. Luego, un viento frío y cortante arrastra el polvo del suelo, tal parece que un ama de casa gigantesca estuviese dedicada a la limpieza de primavera.

La primavera, a golpe de agua y viento, de sol y heladas, se empeña en tonificarme el alma siguiendo el método sueco de sauna caliente/baño helado, reactivos alternos que obligan a la sangre a circular de nuevo. Y en mi interior percibo otra vez nacer el cosquilleo sincero de una sonrisa, una sonrisa genuina, vibrando como las alas de una mariposa, predecesora de una risa abierta, que me permita reemplazar el remedo ligeramente acartonado y falso al que hube de acogerme como último recurso.

No. No me quedo tendida e inerte, a la espera de Príncipes Azules para despertarme, porque esto no es un cuento, sino la vida real, y en la vida real no existen husos ni manzanas maléficos que nos mantengan en una benéfica animación suspendida mientras los demás nos solucionan los problemas. Aquí los únicos besos de auténtico amor que existen son los que damos. El mundo, mi mundo, no duerme mientras yo lo hago; sigue adelante con sus miserias y sus grandezas, de las que estoy obligada y comprometida a participar. Hacen falta también mis manos para amasar los nuevos días. Comprendo, o al menos empiezo a hacerlo, que la razón por la que mi equipaje contiene tantos dolores pequeños no es otra que aprender a reconocer los grandes dolores que asolan a otros seres humanos. La enorme viga que creí tener sobre los hombros ha resultado ser una pequeña espina en el pulgar. La espina justa, necesaria tal vez, para hacerme consciente de que tengo un pulgar, y estoy despierta.


Con los pelos como escarpias

Voy a ponerme frívola; me lo ha recetado el médico. Y como parece ser que hablar de pelos es el colmo de la frivolidad, voy a darles un repaso a los míos, así me río un rato sin que las capilaridades ajenas se resientan de la tomadura:

Ya puedo oírlos: “Anda que no habrá asuntos preocupantes... y ésta nos suelta una charla sobre pelos”. Pues no, miren. El tema de los pelos es muy peliagudo, da más de un quebradero de cabeza y puede traumatizar toda una vida, cuando no traer peores consecuencias. Ahí tienen al pobrecito Sansón: La bruja de Dalila le afeitó las trenzas y acabó pelón y ciego, amarrado a dos columnas, tirándose encima media ciudad filistea. Ay, ay, ay... Dalilah... why, why, why... Dalilah... (que cantaba Tom Jones, tigre de Mompracem... digo, de Gales (que no es lo mismo que Príncipe de Gales, ni por las orejas, ni por los cuadritos).

Perdón... ¿por donde iba? ¡Ah! ¡Sí! Los pelos... Pues eso, que tengo un problemilla de pelos: nunca están en la forma, lugar o disposición requeridos. Son como yo, genéticamente rebeldes y van "por libre", sin atender a la demagogia de los cepillos.

Las peluqueras sólo me reciben con los brazos abiertos el primer día. Si son expertas como para adivinar "a ojo" lo que se les avecina, ni eso. Como soy muy educada y no me gusta atacar a traición, preaviso: pido cita. Y cuando llamo por teléfono para hacerlo, la pregunta habitual, la que hacen a todas las clientas, viene “aderezada” de cierto retintín...:

Dame hora, por favor, a las seis.

¿Qué te vas a hacer?

(YO nada. TU me vas a teñir... – es la respuesta que me viene a la boca, pero me retengo, por prudencia).

Teñir...

¿Te vas a peinar?

(YO no. TU me vas a peinar... – repetición de la jugada anterior). ¿Han visto ustedes alguna mujer que vaya a la peluquería a teñirse y luego no se peine? ¿a que no?. Pero ellas no pierden la esperanza.

Pues claro, teñir Y peinar.

Te vas a cortar ¿verdad?

Lo dicho, la esperanza es lo último que se pierde...

No. No me voy a cortar un pelo -(lo sepas, maja, mí no Sansón, tú no Dalilah)

Bueno, pues vale, a las seis entonces...

Ella sabe, y yo también, que mi cabeza requiere más de dos horas de trabajo y no le hace ni puñetera gracia salir tan tarde, pero es lo que hay. Así que, en cuanto suena la sirena ... ¡campaaaaaaaaaana y s’acabó!, zumbando hacia la peluquería. Al cruzar la puerta, con mis greñas de espantapájaros, me reciben con un débil “hola”. Y empieza el baile.

¿Tenías hora?

Las seis –miro el reloj. Me he adelantado, que conozco el paño, retrasarse significa que “como no venías hemos pasado a fulanita... vas a tener que volver mañana”.

Espera un poquito que ahora te coge... esto... bueno... Silvia... ¿has terminado?

A Silvia se le nota en la cara la ilusión que le hace, pero como lleva un rato mirándose las cutículas, no le queda más remedio. Así que me envuelve en la capa pluvial, por si las manchas, y me hace sentar, al tiempo que tira de ficha.

¿Lo mismo de la última vez?

Uhmmm... sí ¿no? ¿tú como lo ves?

Ella me vería mucho más favorecida con el pelo cortado al cero, pero se calla, porque la jefa anda cerca, el bisnes es el bisnes y la cola del INEM no mola mazo...

Jo. Tienes dos dedos de raíz. Hay que ver como te crece el pelo, guapita, ¡si hace nada que viniste!... tú no te vas a quedar calva, desde luego.

Pues se me cae un montón... tal vez deberíais darme algo para...

Quita, quita. En este tiempo se le cae a todo el mundo. Yo misma, sin ir más lejos, me encuentro cada día algunos pelillos en el cepillo.

Ya. Pero es que a mí se me cae a manojos... digo yo que, tal vez, habría que tomar medidas ¿no?.

Bueeeeeno, claro, sí. Pero no parece grave... lo mejor será hacerte un seguimiento y, si vemos que la cosa va a más, pues entonces... te ponemos algo ¿eh?

Para entonces, como no sea una peluca, pienso para mí, mientras ella se dispone a preparar la mezcla.

Oye, ya que estás, recuerda que siempre haceis corto con las cantidades. Seguro que lo tienes apuntado en la ficha.

Ya. Sí. Bueno... no te apures. Está todo controlado.

No falla. Veinte minutos más tarde, cuando se le está poniendo cara de asco de tanto levantar hileras de pelo para untarlas, tiene que parar para hacer más mezcla. Me trago el “te lo advertí” para no parecerme demasiado a mi madre. O a la suya.

Termina, con un ligero resoplido, me coloca los paneles de infrarrojos alrededor del espanto que ha creado en mi cabeza y se larga. Si tiene suerte y administra bien el tiempo, podrá escaquearse de la siguiente etapa del tour y posiblemente, de la última, que es la peor.

Efectivamente, cuando suena el pitido del tostador automático, Silvia está enfrascada en otra clienta, poniendo bigudíes.

Oye, Silvia, que ese tinte ya está...

Ya. Pues lava tú, que yo ahora mismo no puedo dejar esto.

Del fondo sur se abalanza Maribel, que no tiene un pelo de tonta.

Yo la lavo. Vosotras seguid con lo vuestro... ea

¡Cuanta generosidad! ¿no?. Bueno, hay que tomar en cuenta que Maribel es la dueña, y mira por el negocio. La lavandería es la zona con mejor relación inversión/beneficio. Es decir: Más dinero por menos esfuerzo.

Nos acaba de llegar un champú especial, muy adecuado para tu pelo, precisamente. No sólo lo hidrata, sino que protege el color, y le da suavidad y más brillo, y... -aquí sigue una relación inacabable, parece que el champú sea la Virgen de Lourdes, vía banda magnética y terminal conectado a sucursal bancaria. Por fin, remata de cabeza:- Además, facilita mucho el peinado.

Con otra clienta tal vez no le serviría de mucho, pero lo cierto es que mi pelo se “bebe” literalmente todo lo que le echen, siempre sediento como un náufrago que acabara de atravesar el desierto de Gobi. Yo lo sé.... y ella también.

En resumidas cuentas, el “lavadero” –ellas lo llaman “lavacabezas”- de una peluquería es como el bufete de un abogado, cada vez que respondes una pregunta, por inocua que parezca, te cuesta la pasta. Sales con champú especial, sueropotinguenosecuantos y una mascarilla especialmente "más carilla". Lo único que realmente merece el gasto es el masaje pluscuamperfecto del casco (ese cuero cabelludo que los indios afeitaban a golpe de hacha). Lo recomiendo vivamente a cualquiera que desee darse unos minutos de placer por poquito dinero. En esos cinco minutos que siempre me saben a quince, yo podría levitar.

Pero se acaba. Y entonces empieza la guerra de verdad: El personal parece a punto de jugarse la suerte de espadas a los chinos. Maribel, que para eso es la jefa, arremete contra el morlaco... digo, contra los pelos.

Te vas a cortar ¿verdad?

La veteranía es un grado, y Maribel es una veterana. El corte significa otro añadido a la ya generosa factura, con un plus por reducción de faena.

Pues no.

Tendrías que cortarte por lo menos las puntas, que el pelo “respire”. –ya empuña las tijeras con aire decidido.

Deja que se ahogue un poco, que siempre me cortais las “puntas” estilo mohicano.

Que va, mujer... no exageres. Mira, sólo un centímetro...

Fíjense bien: la definición de “centímetro” de una peluquera armada es inversamente proporcional a la definición de “centímetro” de casi cualquier hombre. Y exactamente igual de poco fiable.

Me corté las puntas el mes pasado, Maribel. Este mes no toca.

Todos los meses. Las tendrías que cortar todos los meses.

Pues este mes lo vamos a dejar en “condicional”. No me cortes.

Con aire resignado, suelta las tijeras, agarra un secador que más parece la última generación de lanzamisiles tierra-aire y una banqueta, dispuesta a emprender la batalla. Pero es sólo un amago. El tiempo justo para que las demás se confíen. Casi siempre atina en el mismo blanco: Audrey. Deedee es una francesita de cuerpo longilíneo, vertiginoso, que aterrizó en Barajas bebiendo los vientos por su novio español, sin saber una palabra del idioma pero jurando que ella no se mueve de este país porque lo adora. “J’aime l’Espagne beaucoup” me dice, muy seria, “C’es trés merveilleuse”. La cosa tiene narices, decir que adora España, cuando aquí buena parte del paisanaje se la coge con papel de fumar antes de mentar la bicha, no sea que algún delicado espíritu periférico se sienta herido en su misma mismidad. En fin, disculpen, que ya me estoy paseando por el filo de la navaja y tengo los pies muy perjudicados.

Audrey, coge un secador y un cepillo, que entre las dos terminamos enseguida...

Es trampa, por supuesto. Después de diez minutos tirándome de las greñas cada una por su lado, mientras yo miro los cromos de las revistas, suena el teléfono, o llega otra clienta, o a Maribel le sale súbitamente un orzuelo en el ojo izquierdo y se ve obligada a dejar lo que está haciendo para contestar, comentar o rascarse. Y allí se queda Deedee, tratando –y la mayor parte de las veces consiguiendo- que la masa de estropajo informe se convierta en una media melena lustrosa y reluciente, que ondea al viento.

Nunca menos de tres cuartos de hora. Tres duros cuartos de hora. Ustedes igual se lo toman a guasa, pero estos pelos que adornan (es un decir) mi cabeza, han puesto fin a la trayectoria profesional de jóvenes aspirantes a Cebado, Llongueras o Vidal Sassoon. Reducidas a peinar caballeros el resto de sus vidas. Incapacitadas para volver a coger un secador que pese más de 300 gramos. Es un cargo de conciencia, no vayan a creer. La cosa es que cuando, después de pagar religiosamente –esto es, acordándome de todos los santos habidos y por haber- me despido, ellas casi agitan sus pañuelitos blancos y lloran, sobre todo Deedee:

¡Ea! ¡Estás muy guapa hoy, Sof! Hasta otro día, Hala, hala, a la...

Supongo que “a la vista”. Como la pobre todavía no se las apaña demasiado bien con los modismos españoles... ¿No creen? ¿No?. En fin, sea como sea, pelillos a la mar...


El verbo amar - Tiempos posibles e imposibles

Rebasada con holgura la frontera de los cuarenta, empiezas a mirar alrededor y hacer balance. Consideraciones físicas aparte, lo peor de llegar a ciertas “marcas” es que los resultados están bastante lejos de lo que soñábamos alcanzar cuando teníamos la mitad de años y el doble de mundo por devorar.

Tengo varias parejas de amigos en la etapa crucial que va de los 45 a los 55 años. Todos han sacado adelante una familia, han sorteado catástrofes, han aguantado duras y maduras, pero llega un momento en que se paran a mirarse y se ven como dos extraños compartiendo un dormitorio y una mesa de comedor. Y entonces se preguntan qué demonios están haciendo allí. Por lo general, ellas son mucho más fuertes que ellos. O más lúcidas. O más decididas. En cualquier caso, es duro, desde la absoluta impotencia de quien es ajeno, ver cómo se destrozan. Quisieras tener la varita mágica que les ayude a salir del bache, pero no hay varitas mágicas. Lo único que puedes ofrecerles es un oído atento y un hombro en el que llorar o despotricar.

Teresa, por ejemplo, lleva más de treinta años casada con Julio. Pasaron la frontera de los cincuenta y la mayor de sus dos hijas ya les ha hecho abuelos. Cuando los conocí hace catorce años eran lo que siempre entendí por un matrimonio bien avenido. Me los presentó mi santo cuando iniciábamos nuestra propia relación de pareja, tal vez con la idea de que copiase el formato. Los tres habían compartido “aventura trasatlántica”: varios años trabajando para una editorial de un país centroamericano. Desde entonces, mi santo tiene una querencia muy especial por Teresa, son amigos, cómplices, casi hermanos, una relación que en varias ocasiones ha provocado desconcierto y equívocos en los que nos rodeaban, para nuestra diversión. Mi santo la quiere, sí, pero no la entiende. Entiende a Julio, con quien comparte aficiones, inquietudes profesionales y puntos de vista.

Hace algunos años Teresa, con quién apenas tengo puntos en común pero a quién considero mi amiga, empezó a venirse abajo. “No puedo seguir con esto” –me decía- “no lo aguanto más”. Era una confidencia dolorosa: Miraba hacia atrás y sentía la furia de haber desperdiciado sus mejores años junto a un egoísta.

“Su familia nunca me quiso. Su madre y sus hermanas han hecho lo imposible por encizañar nuestro matrimonio. Han ninguneado a mis hijas. Pero lo peor es que él ni se da cuenta. Ni mis hijas ni yo contamos demasiado. Solo bocas que alimentar. O tal vez sí contemos, pero después, después de sus hermanas. Casi preferiría que tuviese una querida, al menos, sentiría que se aleja por una pasión irresistible, que al menos él va a ser feliz, pero no. Para colmo, desde que se quedó sin su trabajo y se dedica a remendar maquinaria cualquier cosa que le preguntes la toma como una acusación. Hacer la compra se ha convertido en un infierno. Todo le parece un despilfarro, y eso que no gasto en caprichos. Ya no sé cuanto tiempo hace que no me compro siquiera unos zapatos. Menos mal que con lo que gano con mi trabajo, puedo comprar la ropa de Nina y darle algo de dinero para que salga con sus amigas los fines de semana”

“¿Qué piensas hacer?” – pregunté.

“No tengo ni idea. Le quiero y me dolería tirar todo por la borda. Además, irme ahora... ¿qué haría Julio? ¿cómo saldría adelante?”

“Y él... ¿qué dice?”

“Pues nada. No dice nada. No cuenta nada. No habla de nada. Estar a solas con él es mucho peor que estar completamente sola”.

Pero como nada en ésta vida tiene una sola cara, Julio tenía un enfoque bastante diferente del asunto.

“Es insoportable. Desde que la empresa se fue a la mierda y tuve que dedicarme a estas chapuzas para esquivar el paro, no hay quien viva. Me paso el día trabajando como un cabrón en algo que no es lo mío, y cuando llego a casa, solo encuentro un fiscal que me bombardea a preguntas. Mi hija mayor hace –como siempre- lo que le sale de las narices, y la pequeña sólo te dirige la palabra para pedirte dinero y poco más. El resto del tiempo lo pasa encerrada en su cuarto”

“¿Lo habeis hablado?”

“¿Qué quieres que hablemos?. Tu amiga se dispara en cuanto le llevas la contraria y ya no hay quien la frene. Esto no se arregla hablando.”

“¿Qué piensas hacer?”

“Nada. Cuando me harto me voy a casa de mi hermana. Allí me dejan en paz”

“¿Y vais a vivir así?. ¿Como dos fieras en una jaula?”

“Es nuestra jaula y, créeme, todas las jaulas son iguales”

Desde entonces, han pasado aproximadamente cinco años. En lo sustancial, nada ha cambiado. Julio, a pesar de lo conflictivo de su edad, ha encontrado trabajo en una empresa de su gremio, pero no en su ocupación de siempre. Teresa sigue trabajando por horas. Su hija mayor se casó, abandonando el nido, y la pequeña sigue con sus estudios y sólo para en casa a comer y, en todo caso, dormir. Ellos ya no disimulan. Duermen en habitaciones separadas, con la excusa de que el volumen de Julio es tan desmesurado que ella no cabe en la pequeña cama de 135. Cualquier tema propicia la agresión verbal, el enfrentamiento. La situación sólo se atenúa cuando está su nieta o cuando, una vez cada mes, vienen a visitarnos. Nosotros nos miramos: Nuestra propia situación no da para brindis al sol, y ni siquiera vivimos juntos, pero mantenemos, pese a todo, el cariño que un día nos acercó.

“¿Qué te dicen?”– pregunta mi santo, que esquiva comentar el tema con ellos.

“Nada, cariño, ya ves. No hay nada que hacer...”

“Lástima... ¡se querían tanto!”

Yo, que he llegado a unos niveles de escepticismo poco saludables me pregunto si en realidad se quisieron tanto. Tal vez se engañaron, como nos engañamos muchos. O tal vez se quisieron, y ahora no. De cualquier modo, lo cierto es que ahora puede más el rencor. Siguen juntos por inercia, rutina, la comodidad de no enredarse en pleitos que no están en condiciones de soportar. Como dice Teresa: "Todos son iguales así que... ¿qué importa? A éste le conozco las manías, tenemos un contrato firmado y no dependo económicamente de él. Compartimos piso y cuentas corrientes, y yo procuro hacer mi vida, cumplir mi parte y pasar del resto”. Él, por su parte, no tiene tampoco ningún interés en marcharse. “¿Para qué?. Todo está bien, Teresa gruñe, pero no muerde. Cuando quiero estar tranquilo me voy a casa de mi hermana. No es tan importante...”

“Lástima...” –repite mi santo- “¡se querían tanto!”

“El amor es un pájaro azul, corazón.” –le susurro- “El amor es un pájaro azul”.

Mientras tanto, Blanca y Tomás viven su propia angustia. Como Teresa, Blanca no ha conocido otro hombre que su marido. Desde los catorce años, todo su mundo han sido Tomás y sus dos hijos. Ahora, él bordea los cincuenta y ella le sigue los pasos de cerca. Pero, aproximadamente por la misma época que empezaron las preguntas de Teresa, empezaron también las de Blanca. Sentía que la vida tenía más cosas y ella se las estaba perdiendo, y ¿a cambio de qué?.

“Siempre están los demás antes que yo. No lo piden, claro. Se trata, sencillamente, de que esa ha sido siempre mi prioridad. De niña mis padres y hermanos. Después, Tomás y los niños, la casa, sus necesidades, las de nuestras familias. Pero ahora... bueno, cuando murió mi hermana me di cuenta de que los demás han podido salir adelante sin ella. Pudieron hacerlo mientras ella vivió. ¿Y yo?. ¿Me va a pasar lo mismo? Nadie sabe lo que han sido estos años, empujando a Tomás para que no se dejara vencer por sus estados depresivos, atendiendo la casa, los niños, tomando las decisiones, defendiendo la plaza. Sin un gesto, sin una atención. Se han acostumbrado tanto a que las cosas funcionan que ni siquiera son conscientes de que yo empiezo a vivirlo como una esclavitud. Pero... ¿a cuantas posibilidades voy a seguir renunciando para que ellos vivan cómodos? ¿cuántas cosas tengo por descubrir que no descubriré jamás, sólo por no arriesgarme a salir de esta jaula de oro?”

“¿Has hablado con Tomás?”

“Claro. Y con los chicos.”

“¿Y?”

“Tomás se esfuerza por cambiar. Me mima. Procura controlar sus celos. Me trata como a una princesa. Incluso ha accedido a buscar ayuda médica. Sinceramente, de un tiempo a esta parte, no me puedo quejar. Y los niños... bueno, esos han crecido. Pablo ha encontrado un buen trabajo y tiene a su novia. Y María tiene por delante unos años de carrera, pero la cabeza bien amueblada. Creo que han entendido como me siento, y no quieren que me vaya”.

“¿Entonces... lo habeis solucionado?”

Su mirada es limpia. Podría mentirme y contestar que sí. Pero ni siquiera ella lo sabe.

“El tiempo lo dirá..., ojalá sea así”

Sin embargo, años después, pese a los esfuerzos de Tomás y los de Blanca, las cosas siguen sin funcionar.

“Me siento atada” –me explica- Quiero moverme a mi aire y Tomás no me deja”

“¿No querías atención?”

“Quería atención, pero no esto. No puedo dar un paso sin él. Si hago cualquier cosa por mi cuenta, se lo toma como una ofensa personal. Y luego están sus celos...”

“Querías compartir”

“No sólo eso. Quería que hubiera tomado en cuenta, que me hubiese ayudado cuando necesité su apoyo, que arrimase el hombro, emocionalmente, no solo con el trabajo, que se hubiera preocupado por mí como yo lo hacía por él y los niños... ¿entiendes? Quería que no fuera tan egoísta.”

“Eso es lo que está haciendo. ¿No?”

“Tú tampoco lo entiendes. Quería que lo hubiese hecho antes, por propia iniciativa, sin tenerlo que pedir. Y no ahora. Ahora es tarde. Ahora lo que quiero es que me deje probar mis propias alas. Además, no lo hace por mí... lo hace por él, lo único que pretende es evitar que me marche. Le importan un bledo mis necesidades reales, lo único que le preocupan son las suyas. En realidad, ahora estoy peor...”

“¿Por?”

“Antes tenía una justificación. Un motivo claro. Ahora... nadie lo va a comprender”

“Eso no es importante, Blanca. Lo único importante es que lo comprendas tú. Que sepas lo que quieres”.

“Lo sé. Tengo muy claro que debo intentarlo, por mí, aunque me equivoque, aunque me estampe. Pero no quiero hacerles sufrir. Y están sufriendo”

“Tú también. Su dolor no es más ni menos que el tuyo. Pero siempre puedes renunciar a tu sueño y quedarte”

“No quero renunciar a intentarlo. Me lo debo. Por una vez me debo algo a mí”

Hace poco, apenas un mes, Blanca ha dejado su casa y se ha trasladado a la casa del pueblecito costero donde veraneaban. Con cientos de kilómetros de distancia, intenta comenzar de nuevo. No ha dejado de querer a Tomás. Sencillamente, quiere vivir su propia vida, después de compartir tantos años. Por su parte, Pablo y María se han quedado con su padre; saben que él les necesita más, que tiene menos capacidad de soportar la soledad. Ella ha dejado, de momento, sus cosas en la casa. Tiene tiempo para ir organizando su nueva vida, su nuevo trabajo, su independencia.

“Algunas personas son incapaces de pensar en el daño que hacen a los demás –murmura, por lo bajo, mi santo- ¡cuánto egoísmo!”

“Sí, cariño. Es cierto. El ser humano es terriblemente egoísta”. Pero no estoy segura de que hablemos de lo mismo.

Piso la orilla, y observo cómo mis huellas hunden apenas la arena, un segundo antes de que el agua las borre. Nada a nuestro alrededor permanece estático. Como Teresa y Julio, como Blanca y Tomás, a mi alrededor cada casa es un mundo. Cada caso igual, y al tiempo diferente a otro. Están a mi alrededor: Parejas que se mantienen juntas por rutina, tratando de amortiguar una soledad indigerible, por necesidad emocional o económica, tal vez albergando una última esperanza de que todo vuelva a ser como era. Parejas que, de buen o mal talante acaban separándose, incapaces de soportar la carga de la frustración, el desamor, la curiosidad por conocer otros caminos, el anhelo por no ser la mitad de una pareja, sino una individualidad por compartir, conscientes de que llenar la balanza de malos ratos puede llegar a eclipsar todos los buenos momentos que ya disfrutaron y nadie podrá arrebatarles jamás. Sea cual sea, la decisión es buena, si estamos dispuestos a pagar el precio.

Sin embargo, entre todos ellos, existen todavía algunos afortunados, raros y exquisitos como diamantes. No se trata de que en su mundo no existan los desencuentros, ni viven en un mundo color de rosa pero, de alguna manera, aprenden a sobrevivir a los avatares del destino atados a un sentimiento, a un proyecto, a una historia.

Allá, en las lejanas playas del sur, existe un lugar pequeño, una bahía bañada por las olas de un mar cálido. En aquella bahía, una pareja, joven aun, gobierna una barca que navega desde hace más de treinta años. Sus hijos, dos muchachos, emprenden ya sus propias rutas del Descubrimiento. A bordo, él sigue ocupándose de pescar, ella de achicar el agua y preparar los cebos. Comparten los recuerdos de la travesía y los planes para la aventura. Cuando él mira hacia el frente, ve los ojos de ella, los mismos de la chiquilla que le robó el corazón. Cuando ella mira, ve la sonrisa de él, la del adolescente tímido, que la atrapó en sus redes. Y hay tanto, tantísimo amor a bordo, que no hay galerna que haga volcar la barca. La vela blanca brilla, hinchada bajo el soplo del lebeche, como un faro en la lejanía, al sur del sur.

Mientras brille la vela de esa barca podré seguir creyendo que conjugar el verbo [b]amar[/b] en presente infinito, no es un sueño imposible.


Desayuno

El curso empieza movidito. Salgo de casa a escape, después de haber asesinado tres toques del despertador oficial y cuatro del que lleva incorporado mi móvil. Por supuesto voy tarde. Así que nada de autobusero de ojos verdes ni demás zarandajas. El autobús va hasta la bandera de niños con mochilas que van dando empujones a troche y moche, como Tijereta por el río 'alante... quiera Dios o no quiera, a mi tierra voy.

Me maldigo internamente porque estas apreturas son perfectamente prescindibles. Sencillamente con levantarme como siempre, a las seis, esto estaba resuelto. Hubiera tenido mi autobús vacío, o mi paseíto mañanero para tomarme un café con Paco, el camarero con el que me desayuno buena parte de los días (el primer café, no a Paco, claro). Me juro solemnemente, desde detrás de las legañas, que mañana me levanto a mi hora y empiezo con buen pie.

Catorce pisotones seguidos sobre la puntera de mis zapatos (suerte de esta moda afilada, que consigue hurtar las puntas de los dedos de la zona de catástrofe) consiguen "mosquearme" lo suficiente como para enseñar el colmillo. Por ahí viene la próxima avalancha de mochilas... ahora verán éstos... que voy... que voy...

Y entonces la veo. Esta es una mochila algo peculiar. Una mochila frontal, de color rosa, con dibujitos en tonos pastel. Una cucada de mochila, con bracitos y piernas... esperen... ¿brazos y piernas? ¿una mochila con brazos y piernas? ¡Esto es un bebé!. Levanto la mirada y veo la cara de su madre. Es joven, muy joven, no aparenta más allá de veintiuno o veintidós años. Si su mochila no tuviera piernas y brazos podría pasar por cualquiera de los estudiantes que nos rodean. Me pregunto si todavía quedarán almas generosas que la dejen sentarse para llevar ese peso con comodidad y seguridad. Y no sé, con tanto vándalo suelto como hay...

Pero sí. Un chavalín se levanta y la deja sentarse. Vaya... no está todo perdido. Han dejado de molestarme los pisotones y las mochilas. El colmillo vuelve a su estuche y la sonrisa a mi cara. Me acaban de iluminar un poquito la mañana.

En fin. Aquí les dejo el desayuno. Café, leche, zumos y demás líquidos. Disculpen si la bollería, las tostadas y la fruta están algo espachurradas, el bolso se ha llevado varios trompicones. Mañana vengo a pie y lo pongo con mantel...

Buenos días a todos.


Hemoal

Corre por este foro el infundio de que soy una señora. Es comprensible, dada la retórica que utilizo para contar las cosas y el ramalazo pseudo-poético que a veces me sale por las orejas. Pese a todo, no es más que eso: un infundio. Tengo de dama lo mismo que los curas de santidad: el hábito y las aspiraciones (las apariencias, vamos). Y el señorío donde a otros se les hinchan las hemorroides...

Y ya que menciono las hemorroides… ¿alguno de ustedes las padece? Padecer en serio, porque tenerlas, lo que se dice tenerlas, más o menos irritadas, las tenemos todos.

No se atreven ¿verdad?. Ya. Hablar de hemorroides es como hablar de un vicio vergonzante. Uno las padece en secreto, y en vez de aullar de dolor y gritarlo a los cuatro vientos, como quien sufre un dolor de muelas, o de oídos, o de ciática, se esconde y las llora por los rincones, como si lo que tuviese fueran unas purgaciones, un sifilazo, o eyaculación precoz… el tercer ojo es territorio tabú (excepto cuando nos referimos a terceros, claro).

En fin, como intuyo que son ustedes unos gallinas –sin ofender al Pavo, que aparte de pluma tiene moco- les contaré una anécdota con algunos años de antigüedad. Una anécdota propia, para que nadie me acuse de reírme de desgracias ajenas, y para que quienes se encuentren en situación de riesgo tomen las medidas oportunas y pongan sus barbas en remojo al ver afeitar las del vecino.

Vamos allá:

No pocas mujeres sabemos que los hijos, aparte del dichoso pan bajo el brazo, tienen la generosidad en la hora de su feliz alumbramiento de regalarnos unas gloriosas hemorroides, fruto del esfuerzo de parirlos. Ya lo decía la maldición bíblica: “Parirás con dolor”… pero no hablaba de la duración que iba a tener la cosa. Hoy por hoy, algunas nos escaqueamos del dolor de parto, pero de las hemorroides-almorranas-morenas-comoquieranustedesllamarlas nos libramos pocas.

Para no ser menos que los demás, mi niño dejó al cruzar la puerta una docena de puntos de la p… episiotomía y dos hemorroides de tamaño industrial, que dieron por saco mucho más que la criaturita per se. Claro que, por aquella época, desgraciadamente, yo no estaba para poner mucha atención en los puntos, ni en las hemorroides, ni en si la leche subía o bajaba, porque tenía otros asuntos que atender, que ahora no vienen al caso.

Así fueron pasando los años. Algo así como cuatro, más o menos. El niño creció mucho. Las hemorroides, afortunadamente, se mantuvieron en discreto segundo plano. Quiero con eso decir que dieron por culo –nunca mejor dicho- en contadas ocasiones.

Hasta que un desafortunado día reaparecieron en todo su esplendor. Al principio me encontraba incómoda, no más. Pero como una es bastante bruta y hay pocas cosas que la arranquen de su puesto de trabajo (no estaban entonces los tiempos para jugar con los garbanzos) hizo caso omiso y continuó con su vida, eso sí, con una mueca en la cara que se iba volviendo cada vez más desgraciada. Diez horas sentada frente a una máquina de escribir, más tres de viajes en autobús, más ocuparse de casa y niño, no eran precisamente el tratamiento adecuado. Al cabo de una semana apenas podía ponerme derecha, de sentarme o caminar prefiero no hablar… pero seguía en mis trece. Era incapaz de explicarle a nadie que necesitaba una baja porque las hemorroides me estaban matando. La vergüenza de hablar del punto donde ve la luz el ciego. Como si no fuera tan parte de nuestra anatomía como el resto.

Sin embargo, llegó un momento en que eran tan evidentes (les pasa como al estreñimiento, cualquiera se da cuenta de que habla con un individuo “estreñío”) que en tal día y hora mi jefe me llamó a su despacho y me dijo:

- Antes de que palmes y dejes un huérfano, sería interesante que pidieras la baja y fueras a ver al cirujano… lo mismo te resulta de alguna ayuda.

Y me largó para casa.

Cuando llegué a mi sofá apenas me quedaba resuello. Tanto es así, que fue la doctora del Centro de Salud quien se desplazó a comprobar la extensión de los daños, como si hubiera sido una catástrofe natural. De hecho, y según su punto de vista, era eso exactamente.

En la vida he visto nada igual –me soltó, la tía pelleja–. Ni se te ocurra moverte. Para nada. Hielo. Ponte esta pomada. Vive boca abajo. NO TE MENEES ni para respirar.

Y así me tiré dos semanas. Tres. Cuatro

Vivía aplastando la barriga contra el sofá y con el culo en pompa. No comía, porque tenía muy claro que todo lo que entra tiene que salir y la sola idea me producía dolores inenarrables. Estaba hecha unos zorros y tenía el humor de un basilisco. Pero la cosa no mejoraba. Empezaba a sentirme deprimida, además de doliente. Veía más televisión que nunca.

Entonces sucedió la tragedia.

La televisión se averió (falta de costumbre de pasar tantas horas encendida).

Ustedes se preguntarán: ¿por qué es una tragedia que se averíe la televisión?

No. La tragedia es que se averíe la televisión cuando uno padece de hemorroides en primer grado...

Lo es. Porque uno se ve obligado a llamar al técnico, para que la repare.

Lo es. Porque el técnico, muy bien mandao, viene a repararla.

Lo es. Porque cuando te ve, estirado sobre el sillón, boca abajo y con cara de amargao, el hombre, educado él, te preguntará:

- ¿Queeeeé? ¿Estamos de bajaaaa? ¿Catarro? ¿Gripe?

Sí. Tener hemorroides y que se te estropee el televisor es una tragedia, por todo eso, y porque cuando uno tiene un crío de cuatro años en casa, con el pico de oro y ganas de hacer amigos para siempre, antes de que tengas tiempo a reaccionar contestará por ti, con la risa a flor de labio y el desparpajo habitual en macacos de ese tamaño algo así como:

- Mi mamá tiene almorranas, jijijijijiji...

Y desearás que la tierra te trague, porque no podrás salir corriendo.

Y al técnico se le pondrá cara de circunstancias, y jurará sobre una Biblia Luterana que jamás de los jamases volverá a preguntarle a nadie por su estado de salud, aunque lo vea espatarrao en el suelo, habiendo un crío delante.

Y a tu madre tendrán que llevársela los Servicios de Salud Mental, presa de convulsiones, del ataque de risa.

Y el niño saldrá de todo el asunto sin una puta colleja, ni un rasguño, ni ná. Primero porque lo que ha soltao no es mentira, y segundo porque no hay nadie en condiciones de sacudirle un buen mandao.

Claro, que ahora que lo pienso, la tragedia no son las hemorroides, ni la avería del televisor. La tragedia es que ambas cosas sucedan teniendo un niño de cuatro años, que sepa hablar a destiempo.

Lo dicho, eviten las hemorroides como la peste, y si no pudieran evitarlas… por lo menos manden el niño un mes a casa de cualquier pariente, o de excursión al Polo Sur. Miren que los niños los carga el diablo, como las escopetas.


© Sofía · El Café del Foro 2004/2007